“Soy navegante de tu mar de ricota, soy caminante de tu tierra redonda”, así rezaba un graffiti de esas calles que uno siempre recorre de memoria, pero nunca sabe su manzana correcta. En esos días y cada día, la leyenda escrita me llamaba, me gritaba e incluso me obligaba a que detenga mi andar, la mire, la palpe y sepa cada curva de cada letra que la formaba. Se volvió casi una obsesión andar esa ruta, caminar esa calle, cruzar esa vereda, contar esas baldosas y levantar la vista para que me deslumbre cada minuto más. Miles de intentos en mi cabeza creían darle sentido a ese rezo, pero tenía la sensación que nunca era lo correcto e inclusive que jamás iba a conocer su significado. Necesitaba encontrar alguien o algo que haga referencia, que me ayudara a darle sentido a esos ladrillos ya venidos abajo que no dejaban de mirarme.
Era la época que estaba en boga derrumbar casas humildes, y no tanto, para levantar grandes edificios que poco a poco contaminaban mi barrio, le sacaban su luz y llenaban sus cordones de autos y basura.
Ésta paresita apenas se sostenía si misma, y no tardó mucho en caer; grande fue mi tristeza al no verla de vuelta a casa. Ya sufriste cosas mejores que ésta, me dije.
Como todo pensamiento, iba y venía pero nunca desaparecía, siempre estaba latente en esos momentos que nos internamos en nosotros, cual si fuera un ángel para mi soledad.
Ese amor francés que todos encontramos en algún momento de nuestras vidas me hizo escuchar una canción: “El pibe de los Astilleros”. No sabía porqué pero esas melodías no dejaban de sonar adentro mío, tenían mística y volvían sencilla mi alma de bruja.
Unos días después, a fines de octubre, me enteré que los autores eran unos tales: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Una banda platense, que tenía muy poco contacto con la prensa, medios raros parecían. Con unas cuántas canciones más de ellos encima intentaba descifrar las letras y pude darme cuenta de que ese rezo plasmado como graffiti, en esa pared de mi barrio ya no tan mío, era el delirio de otra alma ricotera.
Era la época que estaba en boga derrumbar casas humildes, y no tanto, para levantar grandes edificios que poco a poco contaminaban mi barrio, le sacaban su luz y llenaban sus cordones de autos y basura.
Ésta paresita apenas se sostenía si misma, y no tardó mucho en caer; grande fue mi tristeza al no verla de vuelta a casa. Ya sufriste cosas mejores que ésta, me dije.
Como todo pensamiento, iba y venía pero nunca desaparecía, siempre estaba latente en esos momentos que nos internamos en nosotros, cual si fuera un ángel para mi soledad.
Ese amor francés que todos encontramos en algún momento de nuestras vidas me hizo escuchar una canción: “El pibe de los Astilleros”. No sabía porqué pero esas melodías no dejaban de sonar adentro mío, tenían mística y volvían sencilla mi alma de bruja.
Unos días después, a fines de octubre, me enteré que los autores eran unos tales: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Una banda platense, que tenía muy poco contacto con la prensa, medios raros parecían. Con unas cuántas canciones más de ellos encima intentaba descifrar las letras y pude darme cuenta de que ese rezo plasmado como graffiti, en esa pared de mi barrio ya no tan mío, era el delirio de otra alma ricotera.